El Hogar de Rehabilitación Renovados en el Espíritu de Vuestra Mente se encuentra en una jalda impresionante. Estando allí, rodeado por la aparente paz del cerro, nadie podría adivinar que a quince minutos de distancia se encuentra ese depósito de noise pollution y brea que conocemos como la Carretera Vieja de Caguas. Por alguna razón me enfrasqué en una conversación con uno de los habitantes del Hogar, un negro joven y guapo, de mirada melancólica. Era reincidente. Se encontraba de forma voluntaria en su segunda racha en el lugar para lidiar con un hábito de manteca que no lograba despojarse del sistema. Mitad haitiano, mitad jamaiquino, me hizo un cuento largo de como acabó en Puerto Rico. Le llamó la atención la cámara que me colgaba del cuello y me dijo que la fotografía le fascinaba. Yo le pregunté el porqué y me contestó "Un momento congelado, está cabrón, ni la mente puede hacer eso". Y es verdad que está cabrón congelar lo que a la mente se le escapa, porque los momentos se escurren unos detrás de otros y la mirada taciturna de mi interlocutor así me lo comprobaba. En realidad se trata de una gran tragedia cotidiana.
Por espacio de dos años Tristán Reyes sacó su cámara a la calle para llevársela de paseo, intentando congelar momentos, haciéndole la guerra a la mente y sus insuficiencias. Como buen flaneur (que así es como le dicen los franceses a los paseanates, elevando el calificativo a un estilo de vida) su ruta no tenía destino o propósito definido. A juzgar por el álbum de fotos que nos presenta con el título Sitios Cosas Gente, el gran paseo no fue más que un homenaje muy personal a la cotidianeidad.
Con un ojo casual, que de cierta forma esconde la artesanía envuelta en la elaboración de estas imágenes, Tristán retrata a Franchesca, esa figura constante y por lo mismo inconsecuente para todos los que vivimos en Miramar, salvándola del impaciente apetito de la distancia y el olvido. Tres sesiones fotográficas, puntualizadas por la desnudez de la luz ambiental, transcurrieron con la mujer de las bolsas plásticas, los tacos peligrosos y el maquillaje extravagante. Franchesca explicaba su comodidad ante el lente con su característico acento habanero "todos mis esposos me tomaban fotos en Cuba". Una vez concluído cada shooting, le dejaba los últimos shoppers de Pueblo al fotógrafo, como si estuviera preocupada de que el muchacho de la cámara no se alimentara bien. Tristán le devuelve el favor a Franchesca con tres fotos (dos retratos y un detalle de sus manos) que dan fé de la presencia de ella entre nosotros, fijando la permanencia de su imagen. Paisajes, objetos y rostros corren la misma suerte, han sido salvados todos del olvido.
"Deberíamos re-conocernos una y otra vez" me dice el fotógrafo en un restaurante chino mientras me hace el recuento de sus dos años de paseo con su cámara a cuestas. Su travesía se concentró en retratar la cotidianeidad y, a través del momento congelado, reencontrarse, reconciliarse, fijar una verdad fugaz y convertirla en permanencia. Es una tarea trascendental, lo es porque la vida está hecha de instantes tristes o felices pero siempre impermanentes. Tristán nos lleva de paseo, documenta el ciclo de vida de un instante y, en el proceso, le gana la guerra a la mente. Como diría el socio del Hogar de Rehabilitación, eso está cabrón.
Por Rafael Plazaola
Mayo 2006
IN MEMORIAM
FRANCHESCA ROCA CALZADO (1937-2006)